A 50 años del movimiento estudiantil y popular de 1968 (I)

 

 

Introducción

 

 

 

A 50 años de los acontecimientos internacionales que marcaron el año del ’68, elaboramos este documento que pretende reivindicar la memoria histórica del movimiento en México, tocando tangencialmente procesos en otras latitudes. Comenzamos por una resumida exposición del contexto internacional y nacional así como de los antecedentes del proceso; nos adentrarnos, después, en un análisis de sus formas de organización, su pliego de demandas así como sus tácticas de lucha y sistema de alianzas; posteriormente, realizamos un balance estratégico e histórico del movimiento y, para finalizar, intentamos extraer algunas lecciones y conclusiones para la lucha revolucionaria actual en México.

 

 

 

I.- El contexto mundial: una grieta en el sistema capitalista

 

 

 

Del boom de la posguerra a la extensión global de la revolución

 

 

 

El ’68 fue un fenómeno que por sus causas, expresiones y consecuencias tuvo un carácter mundial. En lo que respecta a sus raíces históricas y estructurales, el 68 fue hijo de las contradicciones del desarrollo capitalista tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El período de posguerra, estuvo marcado por la división del mundo en dos grandes campos, como consecuencia del reparto de zonas comerciales de influencia y los pactos establecidos entre las potencias vencedoras (EUA, Inglaterra y la URSS) tras el conflicto bélico.

 

Mientras en el occidente capitalista, durante un cuarto de siglo, se desplegó un auge económico derivado del desarrollo técnico-industrial conquistado durante la guerra; el bloque socialista se amplía con la invasión soviética hacia los países del Este de Europa (expropiando a la burguesía y constituyendo regímenes burocráticos alineados a la URSS) así como con las revoluciones populares triunfantes en el Tercer Mundo, llevando a que más de un tercio de la población mundial viviera en sociedades post-capitalistas.

 

Asimismo, el escenario internacional se haya definido, de un aparte, por el establecimiento de Estados de Bienestar producto del crecimiento económico y las conquistas logradas por la lucha reivindicativa del proletariado en diversos países (políticas de redistribución de la riqueza, fomento del empleo, sistemas amplios de seguridad social y masificación educativa, etc.) que mejoraron las condiciones de vida de la clase trabajadora y las oportunidades de ascenso social (cimentado en una industria cultural y una sociedad comercial que realza los valores consumistas); de otra parte, por el clima ideológico de la Guerra Fría que implicó el despliegue de una carrera industrial-armamentista entre la URSS y Norteamérica así como una campaña anticomunista alrededor del orbe occidental encabezada por EUA, propiciando un mayor endurecimiento represivo en los Estados capitalistas.

 

En ese contexto, se produjo un proceso de integración por parte de un sector privilegiado del proletariado y de las nuevas clases medias que se insertaron en la naciente “sociedad de consumo” bajo el auspicio de las dirigencias sindicales y de los partidos tanto socialdemócratas como comunistas que se alinearon al pacto corporativo derivado de la guerra. Ello, en combinación con el ambiente represivo y el prolongado bienestar socio-económico, hizo creer a diversos teóricos y dirigentes políticos, la imposibilidad del surgimiento de procesos revolucionarios de gran envergadura. No obstante, el statu quo imperante tuvo un quiebre sistémico al emerger diversos procesos revolucionarios que se fueron gestando a lo largo del período.

 

Primeramente, se riega la revolución en las regiones dominadas por el imperialismo. Desde 1949 había triunfado la revolución china cimbrando a todo el continente asiático; en 1952 la Central Obrera Boliviana (COB) dirigía la primera revolución obrera en Latinoamérica y, en Cuba, triunfaba la primera revolución socialista unos años después (1959), extendiéndose el movimiento guerrillero y popular por toda la región; por su parte, la guerra de liberación de Argelia (1954-1962) y la Guerra de Vietnam (1955-1975) marcaban el inicio de los movimientos anticoloniales y antiimperialistas que se esparcieron por todo el Tercer Mundo en las siguientes décadas.

 

Este fenómeno de ascenso de la lucha de clases en la periferia del sistema también alcanzó a las principales potencias económico-militares. El régimen burocrático estalinista en la URSS fue el primero en estremecerse al efectuarse la ruptura del dirigente yugoslavo (Tito) con Stalin (1948); posteriormente, se desencadenan fenómenos revolucionarios en los países donde se había implantado burocráticamente el “socialismo” como en Alemania oriental (1953), Hungría y Polonia (1956) y, una década después, en Checoslovaquia (1968); procesos, todos ellos, sofocados por vía de la invasión militar soviética.

 

Del otro lado del muro de hierro, en el occidente capitalista, también se esparce la efervescencia socio-política a partir del desgaste del modelo de acumulación fordista-taylorista y el resquebrajamiento irreversible del sistema de dominación colonial. Entre finales de los 50’s y principios de los 60’s resurge la lucha obrera en Europa con demandas no meramente económicas sino que cuestionan directamente el autoritarismo de los regímenes políticos y el despotismo de la fábrica a través huelgas generales, la ocupación y autogestión de empresas así como enfrentamientos callejeros con las fuerzas del orden, siendo Bélgica (1960-61), Italia y Alemania (1967) antecedentes de lo que vendría con la huelga general de más de 10 millones de obreros en el mayo francés del ‘68.

 

Paralelamente, se extiende un movimiento internacional, encabezado principalmente por la juventud estudiantil, opuesto a la proliferación armamentista y en solidaridad con las luchas de liberación de los pueblos oprimidos. Sería en las entrañas de la principal potencia capitalista, los Estados Unidos, donde este proceso se expresaría con mayor radicalidad a través de las manifestaciones masivas contra la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana así como en la lucha de las Panteras Negras contra la segregación racial y la brutalidad policíaca a través de la autodefensa armada, proyectos comunitarios y la conformación de un partido revolucionario.

 

 

 

Crisis de la Universidad y radicalización de la juventud

 

 

 

Otro de los factores que marcó el carácter del 68 tuvo que ver con la crisis del sistema educativo a nivel internacional, que convirtió a las universidades en el eslabón más débil del orden capitalista. Si hasta mediados del siglo XX las Universidades constituían estructuras aristocráticas a las que acudían solamente hijos de las élites político-económicas, posterior a la II Guerra Mundial, las nuevas necesidades de innovación tecnológica, programación económica y administración estatal requirieron de la formación de cuadros técnicos y burocráticos especializados, promoviendo un proceso de masificación educativa que amplió la composición social del estudiantado universitario.

 

Con el auge económico y la ampliación de la oferta educativa, surgen nuevos sectores de clase media que aprovechan el acceso a las Instituciones de Educación Superior como mecanismo de movilidad social; esta tendencia alcanzó, incluso, a una parte marginal de las familias proletarias y populares como producto de una relativa mejora en sus condiciones de vida. Sin embargo, la expansión de los sistemas universitarios trajo consigo una serie de problemáticas en el plano educativo, social y económico que, posteriormente, tuvieron repercusiones a nivel político.

 

Por un lado, se produce un choque entre la subsistencia de anquilosadas estructuras académicas y de gobierno de las Universidades, enfrentadas a mayores presiones por modernizar (mercantilizar y tecnificar) los contenidos, métodos y planes de enseñanza e investigación de las instituciones educativas para adecuarlas e incorporarlas de forma más orgánica hacia la lógica de acumulación del capital; por otro lado, si bien la masificación de la educación superior respondió a la creciente demanda social por formación universitaria, en contraparte, produjo un sobrepoblamiento de las universidades que se vio reflejado en el empeoramiento de las condiciones de estudio al interior (aulas con sobrecupo, carencia de servicios e insumos escolares, falta de profesores, etc.).

 

Pero los efectos de la masificación se expresaban también fuera de las instituciones educativas pues, conforme el modelo de desarrollo económico fue desgastándose y el mercado laboral comenzó a saturarse, los egresados universitarios se enfrentaron a la proletarización del trabajo técnico, intelectual y profesional, que comenzó a adquirir características que antes solo poseía el trabajo obrero-industrial: dificultades estructurales de desempleo, baja de salarios, superespecialización laboral, realización de tareas mecánicas, afectando así el proceso de formación universitaria.

 

Esta alienación y opresión en el medio universitario, provoca el estallido de masivas protestas estudiantiles que rápidamente sobrepasa las reivindicaciones meramente académicas (menos exámenes, más profesores, mayor presupuesto, infraestructura y equipamiento escolar) y dan un salto hacia el cuestionamiento de las formas de gobierno universitario, la exigencia de mayor participación estudiantil en las decisiones institucionales, proyectos de autogestión educativa, y la construcción de discursos críticos hacia el papel que juega la Universidad como institución que sirve al capital y reproduce la ideología dominante.

 

Sólo así es entendible cómo los movimientos estudiantiles rápidamente pasan del cuestionamiento de la Universidad a la crítica y la lucha por transformar la sociedad en su conjunto, poniendo en tela de juicio la alienación y estandarización propia de la sociedad de masas; al autoritarismo que subyace a los regímenes de democracia representativa; la hipocresía moralina y el conservadurismo de la cultura occidental; el militarismo, la explotación y la desigualdad sobre la que descansan el progreso económico y tecnológico de las sociedades avanzadas.

 

Así, las revueltas juveniles de mediados de siglo representaron un quiebre del sistema capitalista en varios frentes. Desde las expresiones contraculturales (la música rock, la onda beat, el movimiento hippie, etc.) y la liberación sexual que cuestionaron los roles y las jerarquías tradicionales en la familia y en todos los niveles de la sociedad occidental, apostando por nuevas formas de pensar, de ser y de vivir; hasta los movimientos antiautoritarios de protesta de la juventud estudiantil y obrera que pusieron en jaque los regímenes políticos de aquella época, tanto a las supuestas democracias burguesas en el campo occidental como las burocráticas democracias populares en el socialista.

 

Se vivían tiempos de gran efervescencia cultural y política a nivel mundial: las derrotas de EUA en Vietnam, cuyo símbolo lo representaba el Vietcong dirigido por Ho Chi Minh; la Revolución Cultural en China y las protestas antiburocráticas en la URSS, que retomaban los postulados de Mao-Tse Tung y de León Trotsky; la estrategia del foquismo guerrillero que diseminaba la imagen del Ché Guevara por América Latina. Todos esos procesos eran las referencias ideológicas y políticas que animaban a la juventud a nivel mundial.

 

Es así que, de Praga a Beijing, desde Tokyo hasta Berkeley, de la Ciudad de México hasta Córdoba, en todas las regiones del mundo y en países con distintos niveles de desarrollo e, incluso, con sistemas sociales diferentes, en esos años se sucedieron una serie de acontecimientos que dejaron conmovidas las estructuras sociales, políticas, ideológicas y culturales del sistema capitalista alrededor del orbe, siendo el año de 1968 el momento más álgido de aquella época revolucionaria.