A 50 años del movimiento estudiantil y popular de 1968 (II)

 

 

II.- Contexto nacional, desenvolvimiento y claves del 68 mexicano

 

 

 

Declive hegemónico del régimen posrevolucionario

 

 

 

México no fue ajeno a la efervescencia social y política prevaleciente en el período de posguerra a nivel mundial; pero para comprender los sucesos que ocurrieron en nuestro país, es necesario remontarse en el pasado al proceso histórico nacional que desembocó en el movimiento estudiantil y popular de 1968.

 

A inicios del siglo XX, México había atravesado por un proceso revolucionario que acabó con una dictadura oligárquica de más de 3 décadas, encabezada por Porfirio Díaz. Tras una década de cruenta guerra civil, se impuso el bando de los constitucionalistas, representantes de las fuerzas hacendadas y burguesas, que constituían facciones disidentes del viejo régimen; siendo derrotados los Ejércitos convencionalistas de Villa y Zapata, que representaban a los sectores campesinos y populares. De este hecho se deriva el carácter que asumiría el moderno Estado mexicano.

 

A pesar de que los sectores más radicales de la revolución mexicana fueron derrotados, el bando triunfador tuvo que retomar varias de sus demandas fundamentales que quedarían plasmadas en la Constitución de 1917; sobre todo, porque en las décadas subsecuentes continuó la presión de las masas con la conformación de ligas campesinas, sindicatos, centrales obreras y organizaciones populares que, a través de la ocupación de tierras, huelgas y movilizaciones a lo largo del país, obtuvieron grandes conquistas sociales en materia de reparto agrario, legislación laboral, seguridad social, educación pública e, inclusive, de soberanía económica al lograr la nacionalización de recursos naturales y sectores industriales estratégicos (petróleo, minas, ferrocarriles, electricidad, etc.).

 

Sin embargo, a partir de la década de 1940, el Estado da un giro reaccionario que, bajo un discurso modernizador, en realidad, justificaba el intento por poner freno al empuje revolucionario de las masas, desmantelar paulatinamente las conquistas sociales obtenidas, consolidar la estabilidad e institucionalización del régimen posrevolucionario e impulsar una mayor subordinación de la economía mexicana a los intereses imperialistas, particularmente norteamericanos. Conforme a ello, ocurre una doble dinámica en la situación del país.

 

Si bien se emprende un proceso de industrialización acelerada y desarrollo del mercado interno (aprovechando la coyuntura favorable abierta por la II Guerra Mundial), lo cual aumenta la masa del proletariado y de nuevos sectores urbanos, de la mano del crecimiento económico y demográfico, el proceso de urbanización, la extensión de servicios sociales y la expansión del aparato gubernamental; sin embargo, este auge económico sólo impacta en algunos sectores sociales, pero no se traduce en una mejora sustantiva de las condiciones de vida de la mayoría de la población,

 

Lo anterior se combina con el autoritarismo prevaleciente en la vida pública del país, caracterizada por un sistema político de partido hegemónico (con partidos marginales de oposición leal al régimen), cimentado en la figura fuerte del Presidente (con la subordinación de todas las instituciones formales y fuerza políticas al Poder Ejecutivo) y sostenido con base en estructuras de control corporativo sobre los distintos sectores obreros, campesinos y populares (a través del charrismo sindical y la integración de las organizaciones de masas al partido de Estado) así como en los mecanismos de represión y censura estatal (policía, ejército, guardias blancas, medios de comunicación) que coartaban toda tentativa de organización y expresión política independiente del pueblo mexicano.

 

Sin embargo, conforme el modelo económico basado en la sustitución de importaciones comenzó a declinar, fueron deteriorándose las condiciones de vida de la población, provocando un gran auge de la lucha obrera, popular y estudiantil que se extendería desde mediados de la década de los 40’s hasta finales de los 60’s. Se generaliza la toma de tierras por parte del campesinado; los sindicatos emprenden la lucha por defender sus derechos sindicales y sus salarios. Telegrafistas, petroleros, telefonistas, ferrocarrileros, maestros y médicos, entre otros sectores, emprenden la lucha por la democratización de sus sindicatos y por la mejora de sus condiciones de trabajo.

 

El estudiantado también se lanza a la lucha alrededor del país en exigencia de sus propias demandas y en solidaridad con las diversas luchas obreras y populares de la época. Entre las décadas de los 40’s y 50’s los estudiantes de las escuelas normales, agrícolas y tecnológicas se levantan en defensa de la educación de corte popular, siendo su hito más importante la huelga del Instituto Politécnico Nacional de 1956. Posteriormente, surge el “movimiento camionero” de 1958 en que los universitarios secuestran decenas de unidades de transporte logrando echar abajo el alza de tarifas. Igualmente, en el interior de la República se suceden durante los 60’s innumerables movimientos estudiantiles locales que se vinculan con las demandas populares, cuya más dramática expresión fue la huelga de la Universidad Nicolaíta de Morelia, en 1966.

 

La única respuesta del gobierno durante este período fue una ofensiva represiva generalizada que llevó a la ocupación militar de diversos institutos y universidades; la clausura de internados y comedores estudiantiles; el cierre y desmembramiento de escuelas, así como el encarcelamiento de rectores, dirigentes estudiantiles y sindicalistas (como el nicolaíta Eli de Gortari, el politécnico Nicandro Mendoza o los ferrocarrileros Valentín Campa y Demetrio Vallejo -acusados del delito de “disolución social”, definido en el artículo 145 del Código Penal-); la disolución violenta de huelgas y ocupación militar de fábricas; el asesinato de líderes campesinos y guerrilleros como Rubén Jaramillo (1962) y Arturo Gámiz (1965), así como un mayor control corporativo de las organizaciones gremiales.

 

En medio de estos procesos, algunas organizaciones estudiantiles fueron descabezadas y controladas por el Gobierno -como el caso de la federación de estudiantes técnicos (FNET)-, otras fueron hegemonizadas por facciones progubernamentales -principalmente en el interior de la República, vinculadas a la corriente popular-reformista de Vicente Lombardo Toledano- y, asimismo, emergieron nuevas expresiones de articulación que pusieron en tela de juicio el control corporativo sobre el estudiantado, como fue el caso de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) -hegemonizada por las Juventudes Comunistas del PCM-, nacida al calor de las movilizaciones estudiantiles de mediados de los 60’s que antecedieron al proceso del 68; el cual, como vemos, fue simplemente la culminación de un ciclo de protestas que venían acumulándose a lo largo de esos años.

 

Solamente teniendo en cuenta el contexto antes descrito es comprensible cómo la intervención policial contra una simple reyerta estudiantil en la capital del país, desembocara en un movimiento social y político de magnitudes nacionales. Ahora bien, antes de pasar a su análisis, es necesario exponer los momentos más importantes a través de los cuales se desenvolvió el proceso.

 

 

 

Una periodización tentativa del movimiento

 

 

 

a) Del 23 de julio al 1ro de agosto es la fase de inicio del movimiento, que surge como reacción ante la brutalidad policíaca, a raíz de un enfrentamiento entre estudiantes de la preparatoria particular Isaac Ochoterena y de las escuelas vocacionales 2 y 5 del IPN, tras un partido de fútbol, en el cual intervinieron violentamente granaderos del DF. Así, el pleito callejero se tornó en un enfrentamiento con la policía. Entre el 23 y el 25 de julio el cuerpo policíaco allana las vocacionales, golpeando y aprehendiendo a centenares de jóvenes. Ante la presión de los estudiantes, la federación politécnica se ve obligada a convocar a una movilización de protesta para la cual pide permiso al gobierno capitalino; el Departamento del DF autoriza la movilización para el 26 de julio, fecha en que también la CNED había convocado una marcha en conmemoración del aniversario de la Revolución Cubana.

 

Ambas movilizaciones se realizaron aquel día, coincidiendo en la zona centro de la ciudad; a pesar de que los organizadores pretenden finalizarlas, los contingentes estudiantiles los rebasaron y marcharon hacia el Zócalo en protesta por la violencia. Empero, el cuerpo de granaderos interceptó la marcha por lo que resultó una nueva trifulca que se extendió por el viejo barrio universitario, abarcando todo el centro de la ciudad, donde los estudiantes quemaron autobuses, levantaron barricadas y se enfrentaron a la policía, la cual tuvo que llamar al Ejército para que se hiciera cargo. Hasta el 29 de julio, tras 3 días de batalla, la infantería vence la resistencia estudiantil por lo cual los estudiantes se refugian en el antiguo Colegio de San Ildefonso, donde militares vuelan con una bazuca la puerta del recinto, procediendo a golpear y detener a decenas de estudiantes, profesores y secretarias.

 

La ocupación militar de las preparatorias desata la indignación universitaria; el mismo rector José Barros Sierra declara el 30 de julio día de luto, iza la bandera a media asta en un acto realizado en Ciudad Universitaria y convoca a una movilización que encabezará el 1ro de agosto en protesta por la violación de la autonomía universitaria. Este suceso le da legitimidad al movimiento estudiantil, pues echa por tierra la versión gubernamental de que se trataba de una “conspiración comunista” encaminada a boicotear los Juegos Olímpicos que se celebrarían ese año en México, y brinda cobertura política a las protestas estudiantiles que adquirirán una magnitud masiva al lograr la solidaridad de diversas universidades así como de amplios sectores populares.

 

b) Entre el 2 y el 27 de agosto ocurre la etapa de ascenso del movimiento con la generalización de la huelga estudiantil y el despliegue de una gran diversidad de formas de organización y lucha que provocan un repliegue del gobierno. El 2 de agosto se constituye el Consejo Nacional de Huelga (CNH) con la representación de estudiantes electos por las asambleas y comités de lucha de diversas escuelas, ya por entonces en huelga. Días más tarde, el CNH elabora el pliego petitorio (libertad de los presos políticos, destitución de los jefes de policía, extinción del cuerpo de granaderos, eliminación del delito de “disolución social”, indemnización a las víctimas de la represión, deslinde de responsabilidades respecto a los excesos represivos), enarbolando el respeto a las libertades civiles y políticas, así como un diálogo público con el gobierno para la solución del conflicto.

 

Desde los primeros días se integran al CNH decenas de comités de lucha de escuelas públicas y privadas de todo el país, y se conforman, igualmente, cientos de brigadas estudiantiles que sostuvieron y difundieron al movimiento entre la población. Para el día 5, a pesar de la negativa del director y de la federación del Politécnico, marchan 125 mil estudiantes del IPN, UNAM, Chapingo y de las Normales. El 7 de agosto, se constituye la Coalición de Maestros de Enseñanza Media y Superior solidarizándose con los estudiantes y haciendo suyo el pliego petitorio del CNH, lo que posteriormente replica la Asamblea de Intelectuales, Artistas y Escritores así como la Colación de Padres de Familia, en apoyo al movimiento.

 

El CNH desplegará el 10 de agosto su primer “manifiesto a la opinión pública” en el que convoca a la marcha del 13 de agosto que partiría del Casco de Santo Tomás y que, por su masividad (250 mil personas), sería la primera que lograría llegar al Zócalo capitalino -hasta entonces de uso exclusivo para los actos gubernamentales y vedado completamente para los movimientos sociales. A mediados de mes, el movimiento conquista la solidaridad más amplia logrando incluso que, el 15 de agosto, el Consejo Universitario de la UNAM recoja algunas de las demandas del movimiento. Es así como, para el 27 de agosto, alcanza su ápice más alto con la marcha que convocó a medio millón de personas, arribando nuevamente al Zócalo y exigiendo un diálogo con el presidente Díaz Ordaz, el día de su informe de gobierno.

 

c) A partir del 28 de agosto al 17 de septiembre se configura un equilibrio de fuerzas que polariza la situación política del país. Ante el ascenso de la movilización, el gobierno se ve obligado a aparentar un acercamiento con el CNH, sin embargo, ningún intento fructifica debido a la renuencia gubernamental de aceptar las condiciones de los estudiantes para entablar el diálogo. Esto da pie para que el gobierno monte una provocación buscando frenar el impulso estudiantil. Así, justificándose tras el supuesto acto de unos estudiantes que bajaron el lábaro patrio y colgaron una bandera rojinegra durante la guardia que permanecería en la plancha del Zócalo tras la marcha del 27 de agosto hasta el 1ro de septiembre, esperando el diálogo con el Presidente, las autoridades mandan tanquetas militares a desalojar el lugar.

 

El gobierno intenta organizar una “marcha de desagravio” con empleados gubernamentales, los cuales, en vez de apoyar al gobierno, denuncian que los llevaron bajo coacción y acarreo, por lo que el Ejército también arremete contra la manifestación. Entonces, se recrudece el linchamiento mediático y la represión hacia el movimiento, con la persecución policial a los brigadistas y el hostigamiento de grupos porriles y paramilitares a los paros escolares. En respuesta, el movimiento desplegó sus propios medios para contrarrestar la campaña mediática en su contra, a través de desplegados en periódicos y revistas, con la reproducción de carteles y volantes hechos en los mimeógrafos de la Universidad, convirtiendo la Gaceta Universitaria en el órgano informativo del CNH, y coloreando la ciudad con miles de pintas y mantas.

 

En ese contexto se dio el informe presidencial de Díaz Ordaz, en el cual se advierte sobre la intención de usar la fuerza pública contra el movimiento. Comienza así, en septiembre, una etapa de realineamientos políticos en torno al conflicto. Por un lado, el gobierno recrudece la represión e intenta aglutinar una base social en contra del movimiento estudiantil: la CTM, principal organismo corporativo del régimen, se asume dispuesta a enfrentarlo violentamente; los organismos patronales dan su completo respaldo a las acciones represivas; y ante la presión gubernamental, el rector de la UNAM llama a retornar a clases.

 

En contraparte, el CNH emprende una estrategia que combina la búsqueda de una mayor vinculación con otros sectores sociales, el establecimiento de una ruta de diálogo con el gobierno y la convocatoria a manifestaciones multitudinarias. En ese tenor, el movimiento realiza una marcha silenciosa el 13 de septiembre que convoca a más de 250 mil personas y para el 15, se realizan diversos festivales estudiantiles y populares en CU, Zacatenco y Tlatelolco, en conmemoración del día de la Independencia.

 

d) el gobierno reacciona emprendiendo una escalada represiva que se desataría hacia finales de septiembre y principios de octubre, con ello, se rompe toda posibilidad de diálogo en los términos exigidos por el movimiento y, en contraparte, eso lleva a un endurecimiento de las posturas por parte del CNH, tras la ocupación militar de Ciudad Universitaria, que dura entre el 18 y el 30 de septiembre, en la que se arrestaron a más de mil estudiantes; hecho que motiva al rector de la UNAM a presentar su renuncia, misma que es rechazada ante el respaldo de la comunidad universitaria;

 

Tras la toma de CU, el CNH decidió sesionar y organizarse en las unidades del Politécnico. Pero, bajo la expectativa de que el gobierno pudiera enviar también allí al Ejército, se hicieron preparativos para resistir pues los centros escolares, particularmente las unidades centrales de las instituciones educativas más grandes como eran la UNAM y el IPN, constituían los baluartes estratégicos del movimiento. Es en ese ambiente que ocurre una de las gestas más heroicas y trascendentes no sólo del ‘68 sino en la tradición histórica del movimiento estudiantil y popular mexicano.

 

Entre la tarde del 23 y la madrugada del 24 de septiembre se suceden una serie de violentos enfrentamientos entre las fuerzas públicas y los estudiantes politécnicos que desembocan en la “batalla del Casco de Santo Tomás” donde el estudiantado, tanto de las escuelas superiores como vocacionales del IPN, defiende sus escuelas con barricadas, bombas molotov, piedras y palos, bazucas de fabricación casera, quema de automóviles y patrullas, resistiendo durante más de 12 horas la acción conjunta de varios cuerpos policíacos que no logran vencer la férrea determinación defensiva de los estudiantes, la cual cede solamente ante el arribo de las fuerzas armadas.

 

Sin embargo, en realidad esta intensa jornada de lucha se extendió geográfica, social y temporalmente en varios frente articulados, pues de manera paralela a los enfrentamientos en Santo Tomás, se libran batallas en Tlatelolco donde los estudiantes de la voca 7 – apoyados por alumnos de otras escuelas así como por grupos de vecinos de las unidades habitacionales y de las colonias populares aledañas- bloquean avenidas, colocan barricadas, queman patrullas y entablan confrontaciones callejeras como táctica para distraer a las fuerzas represivas concentradas en Santo Tomás y que, posteriormente, se dirigen a cercar Zacatenco, unidad que es defendida exitosamente pues no logra ser tomada por los cuerpos del orden.

 

Tras la ocupación y el cerco sobre las instalaciones de las principales instituciones educativas, el movimiento estudiantil se repliega de manera desordenada, permeando un ambiente de confusión; las escuelas se ven abandonadas, la participación en brigadas y la asistencia a asambleas se ve drásticamente reducida, los principales dirigentes del CNH se ven obligados a pasar a la clandestinidad (con graves dificultades para sesionar en casas particulares) pues el gobierno ha impuesto de facto un estado de sitio sobre la capital del país que queda custodiada por el Ejército en distintas zonas de la ciudad.

 

Sin embargo, a pesar de verse menguado en la capital, el movimiento no se detiene pues las brigadas y los mítines continúan aún bajo las condiciones más adversas y, al contrario, se generaliza la huelga estudiantil en el interior de la República en repudio a la ocupación militar de la UNAM y el IPN; además, el estudiantado comienza a despertar y generar vínculos más estrechos con distintos sectores que, durante esa difícil etapa, dan cobijo al movimiento que se funde entre los barrios populares y obreros de la capital. Particularmente, la zona de Tlatelolco se convierte en el centro de operaciones del movimiento, llevándose a cabo varias actividades de protesta hasta la realización del mitin en la Plaza de las Tres Culturas, convocado para el 2 de octubre.

 

e) Con ello viene la última etapa del movimiento en la que se despliega con toda su fuerza la contraofensiva gubernamental. Así, a pesar de que por la mañana se había llevado a cabo una reunión entre una comisión del CNH y agentes del gobierno, decidiéndose suspender la marcha que se realizaría después del mitin previsto, por la tarde, 6 mil elementos del Ejército rodearon la Plaza de Tlatelolco y, respondiendo a la provocación montada por un grupo paramilitar especializado denominado “Batallón Olimpia” (encargado con la tarea de aprehender a los dirigentes del CNH), ocuparon la plancha de la Plaza y dispararon durante horas contra las miles de personas ahí reunidas mientras fueron allanando casa por casa en búsqueda de quienes se había escondido en los alrededores. Decenas fueron masacrados y desaparecidos, centenares fueron detenidos y llevados a campos militares donde sufrieron torturas y vejaciones; miles resultaron heridos por las fuerzas policiales, militares y paramilitares que participaron en la operación.

 

El movimiento quedó desarticulado, ante la parálisis y el terror que sembró lo ocurrido, lo cual llevó, primero, al repliegue de los estudiantes a partir de la salvaje represión y, posteriormente, ante los errores de quienes quedaron al frente del CNH, al reflujo del movimiento. Durante la “tregua olímpica” de octubre, quienes quedaron libres recorrieron la ciudad buscando, junto a los familiares de las víctimas, a los desaparecidos y exigiendo la libertad para los detenidos. A lo largo de noviembre, todavía se pudieron efectuar algunos mítines y asambleas en las que se debatió sobre el retorno a clases, permaneciendo la determinación de proseguir el movimiento hasta que se liberara a los presos y se desocuparan todas las escuelas.

 

Sin embargo, hacia finales de noviembre, los estudiantes de diversas escuelas comenzaron a entregar instalaciones bajo el llamado hecho por los restos del CNH que, por entonces, ya había sido hegemonizado por los dirigentes de las Juventudes Comunistas del PCM quienes impusieron el regreso a clases, que se decidió formalmente el 4 de diciembre todavía con el rechazo de diversas escuelas; las cuales, finalmente, cedieron ante la creciente desmoralización y división que prevalecía en el movimiento. Un día después, el 5 de diciembre, el CNH es disuelto y se convoca a una manifestación para el 13 de diciembre, la cual es impedida por la policía. Con las festividades de fin de año, el movimiento se dispersa y, finalmente, a inicios de enero de 1969, las últimas escuelas son entregadas; con ello se inicia el retorno a clases en la mayoría de universidades y concluye el movimiento.

 

 

 

El ’68: ejes fundamentales del movimiento

 

 

 

Para sacar las lecciones correctas del movimiento estudiantil y popular de 1968 en México, primero es necesario entender las claves que determinaron su carácter, las cuales, a la vez que lo vincularon, también lo diferenciaron de los procesos coetáneos en otras regiones del planeta.

 

Una primer aspecto tiene que ver con su vertiente internacionalista, que no reside únicamente en su simultaneidad con las movilizaciones a escala mundial, derivada de los procesos de internacionalización del capital que vinculan los procesos económicos, políticos, sociales y culturales a nivel internacional, sino que se refiere, sobre todo, a que existía una solidaridad activa y una identificación entre las luchas, a pesar de que no hubiera relaciones directas entre los distintos referentes organizativos que encabezaron los movimientos en cada país (lo cual representó una limitante). Ello se relaciona también con su carácter antiimperialista, pues a pesar de tener reivindicaciones meramente nacionales, se desplegaron diversas formas de apoyo a las luchas no sólo estudiantiles, sino obreras y populares que sucedían en otras regiones.

 

Una segunda veta se refiere a su carácter profundamente político y antiautoritario, pues de comenzar como una reacción a la represión, el movimiento escaló inmediatamente hacia el planteamiento de demandas netamente políticas que cuestionaron los cimientos antidemocráticos del régimen posrevolucionario, la figura de autoridad del Presidente así como las estructuras de control corporativo-institucional que ejercía sobre los diversos sectores de la población. Lo que se combinó con la puesta en tela de juicio, simultáneamente, de las estructuras de gobierno de las universidades así como de las relaciones jerárquicas en la familia y en otros ámbitos de la sociedad.

 

En ese sentido, el movimiento también tuvo una matriz tanto académica-estudiantil como juvenil-generacional, pues no estuvieron fuera de sus preocupaciones y discusiones cuestiones como la autogestión educativa, la democratización universitaria, la apertura de los centros educativos hacia el pueblo; mientras, por otro lado, se expresó un profundo rechazo a las costumbres y valores tradicionales de la sociedad y la cultura patriarcal, machista y conservadora de aquella época.

 

Asimismo, el movimiento asumió un carácter popular, pues no sólo recogió reivindicaciones que se habían venido planteando por una serie de luchas obreras y populares en décadas anteriores, sino que logró convertirse en la voz y la representación de una sociedad acallada por la censura y la represión del régimen; además, logró constituirse en un referente de alcance nacional en el que diversos sectores populares vieron reflejadas sus aspiraciones de transformación social.

 

Finalmente, si bien el movimiento de 1968 asumió un contenido predominantemente democrático, simultáneamente, adquirió una forma revolucionaria pues a pesar de pugnar por libertades democráticas, lo hizo a la forma plebeya, a través de métodos de lucha revolucionarios, ejerciendo en los hechos, durante todo el tiempo que duró el movimiento, los derechos y libertades políticas de expresión, reunión, manifestación por las cuales peleaba, construyendo una democracia directa no solo en las aulas y en las asambleas, sino en las calles y en el conjunto de la vida pública.