A 50 años del movimiento estudiantil y popular de 1968 (III)

 

 

III.- Conclusiones: balance estratégico e histórico del movimiento del ‘68

 

 

 

Lecciones: aciertos y errores del movimiento

 

 

 

En los pocos meses de su existencia, el movimiento del 68 constituyó un gran proceso de masas que, si bien fue dirigido principalmente por el estudiantado de la capital, logró agrupar a decenas de centros educativos públicos y privados del país, y a pesar del aislamiento inicial en el cual surgió, debido a las derrotas que habían sufrido otros sectores sociales, también pudo aglutinar a miles de padres de familia y vecinos de unidades habitacionales cercanas a las escuelas que asistieron a las asambleas estudiantiles mostrando su apoyo; así como trabajadores que, al grito de “muera el charrismo” y “apoyo a los estudiantes”, generaron comités obrero-estudiantiles y acciones en solidaridad al movimiento; por su parte, los jóvenes respondieron al apoyo popular extendiendo la labor de las brigadas y los comités de lucha llegando, inclusive, a generar gérmenes de vinculación orgánica con sectores del movimiento obrero, campesino y urbano-popular en zonas barriales (Tlatelolco), industriales (Azcapotzalco) y rurales (Topilejo).

 

El CNH constituyó el órgano de dirección política del movimiento, donde se tomaban las decisiones de manera colectiva y democrática en las Asambleas, instancias que fungían como el máximo órgano de deliberación del movimiento; los delegados eran elegidos desde las bases de cada escuela, siendo rotativos y revocables si no cumplían con los mandatos de sus asambleas, lo que evitó en gran medida la corrupción del movimiento, pues funcionaba en un proceso de abajo arriba y de arriba abajo, en el que las discusiones se originaban entre las bases desde las asambleas locales; cada delegado acudía a las sesiones del CNH a defender los acuerdos de su propia asamblea, y los acuerdos centrales bajaban de nuevo a las asambleas locales a ser rediscutidos y/o asumidos por todo el movimiento. Sin embargo, no descartó las formas centralizadas de organización, sino que fue un movimiento flexible capaz de adecuarse a las circunstancias de la lucha, llegando a elegir un Comité Central para evitar que la represión descabezara y desarticulara la lucha.

 

Durante el movimiento se originaron decenas de comités de lucha que llevaban a cabo las tareas diarias de organización y agitación; de igual forma, surgieron cientos de brigadas que circulaban por toda la ciudad y en el interior de la República, las cuales recolectaban dinero para financiar al movimiento (boteos), se vinculaban con la población y explicaban las demandas del movimiento, difundiendo los acuerdos y convocatorias a través de volantes, camioneos, mítines relámpago, foros abiertos, teatros callejeros, pintas, periódicos murales y carteles. Así, el movimiento del 68 desplegó sobre la marcha la creatividad de los jóvenes, generando de manera coordinada sus propias formas de lucha que iban desde las brigadas y mítines, la movilización masiva en marchas, la preparación de eventos político-culturales, la huelga que duró varios meses en cientos de centros escolares, hasta el combate callejero contra los granaderos y militares a través de barricadas y grupos de autodefensa.

 

Pero todo ello fue posible a partir de que la juventud del 68 representó el eslabón más débil del control corporativo del régimen priísta, ya que pudo conquistar su independencia como sector al deshacerse de sus antiguas direcciones y organizaciones burocráticas, y construir nuevas formas de organización y participación política autónomas de las autoridades universitarias y estatales, que le permitieron vincularse con otros sectores sociales, retomando las reivindicaciones históricas del pueblo mexicano. En ese sentido, el movimiento barrió con las antiguas Federaciones Estudiantiles corporativas (FNET, FEU, etc.) e, incluso, rebasó a referentes alienados a organizaciones de izquierda (como la CNED), provocando que las tradicionales corrientes de oposición (comunistas y lombardistas) perdieran su hegemonía en el espectro político, y afloraran nuevas tendencias ideológicas más radicales (trotskistas, maoístas, guevaristas, etc.).

 

Ahora bien, por lo que respecta a los errores cometidos. Puede decirse que el movimiento fluye casi sin contratiempos en un ascenso ininterrumpido hasta la marcha del 27 de agosto; posteriormente, se desacelera su empuje tras la provocación montada durante la guardia nocturna en espera del diálogo público para el día del informe presidencial, el 1ro de septiembre, constituyendo el primer error del movimiento, pero del que pudo sobreponerse con la marcha del silencio del 13 de septiembre, que le devolvió al movimiento la iniciativa.

 

Sin embargo, los errores de previsión política y preparación organizativa comienzan a manifestarse en sus consecuencias a partir de la ocupación militar de la UNAM y del IPN pues, al ver que el movimiento no se frenó tras la toma de CU y de Santo Tomás, el gobierno entendió que solamente le quedaba ceder políticamente o aplastar por vía militar al movimiento. Pero ceder implicaba reconocer la legitimidad de la lucha estudiantil, algo que por sí mismo rompía con la lógica del autoritarismo estatal y minaría las bases de sustentación del régimen pues, en circunstancias de profundo y amplio cuestionamiento popular, requería de todos sus pilares para permanecer en pie, por lo que no podía darse el lujo de negociar y mostrar así, su debilidad. Bajo esa lógica, y aprendiendo de los acontecimientos en otras latitudes, al régimen solo le quedaba la represión, pero ésta debía ser aplicada de tal manera y con tal magnitud que garantizara la derrota definitiva del movimiento a la vez que sirviera como castigo ejemplar para el conjunto de la sociedad, con el fin de evitar repercusiones desestabilizadoras.

 

En esas circunstancias, quienes no entendieron a qué nivel había llegado la situación política del país fueron los líderes estudiantiles que hasta ese momento conducían el CNH pues, a pesar de continuar con la movilización bajo una actitud de intransigencia respecto a sus condiciones para la solución del conflicto (diálogo público, desocupación de campus, libertad de presos y alto a la represión), empero, no supieron leer y asumir tácticamente las implicaciones que derivaban de la polarización y radicalización del proceso (el cual tendía ya por entonces a mostrar rasgos de una situación pre-revolucionaria), sino que seguían confiando en la posibilidad de que el gobierno cediera y el conflicto se resolviera por medio del diálogo.

 

Por su parte, aprendiendo de lo que sucedía en otros países como en Francia, el gobierno mexicano preparaba ya el terreno para la represión masiva con el objetivo de evitar una mayor desestabilización -al observar cómo el movimiento comenzaba a radicalizarse y vincularse más orgánicamente con otros sectores- y, asimismo, buscando acabar con el movimiento antes del inicio de los Juegos Olímpicos, resguardando con ello, su imagen frente al extranjero.

 

Debido a la confianza en una solución pacífica del conflicto, el movimiento se mantuvo en una actitud de resistencia civil, valiéndose únicamente de la fuerza como medio de autodefensa ante la represión; y si bien ello le valió hasta un determinado momento una gran simpatía popular, no es menos cierto que, llegando al momento clímax del proceso, se abrió una disyuntiva estratégica entre: a) dar un salto cualitativo de carácter ofensivo con miras a derrocar al gobierno (lo que en algún momento implicaría el uso ofensivo de la violencia, inclusive, armada); b) arriesgarse a un repliegue táctico que pudiera provocar un estancamiento y retroceso momentáneo, pero que permitiría aplazar el choque directo y seguir acumulando fuerzas a fin de prepararse (no en lo inmediato pero sí al mediano plazo) para la maduración de una situación revolucionaria; c) o, como finalmente sucedió, confiar en un continuo desarrollo ascendente y pacífico del movimiento, quedando desguarnecidos y desprevenidos ante un choque decisivo contra la represión militar.

 

Pero no sólo se trató de errores tácticos sino, sobre todo, de una carencia de perspectiva programático-estratégica del conjunto del movimiento pues, a diferencia de casos como el movimiento francés y el japonés, que se plantearon directamente echar abajo a sus respectivos gobiernos (aunque carecían por igual de un proyecto político-ideológico de transformación social para sustituir al régimen burgués), en el caso del movimiento mexicano, el proceso quedó mucho más rezagado pues se mantuvo en el nivel del peticionismo y la confianza en el diálogo con el gobierno sin que ni siquiera se llegase a plantear el objetivo (que tendencialmente imponían los acontecimientos) de derrocarlo. Sin embargo, no puede culparse a los dirigentes estudiantiles solamente pues las limitaciones del proceso no respondieron solo a factores subjetivos sino también a elementos objetivos del contexto que impusieron un aislamiento inicial del movimiento estudiantil el cual, si bien ya comenzaba a superarse, no logró romper a tiempo el cerco.

 

Al respecto, un factor de primera importancia para entender por qué en Francia, por ejemplo, la clase obrera pudo reaccionar de manera rápida, masiva y casi unánime a la interpelación hecha por las protestas estudiantiles del 68, no sólo de manera solidaria sino haciendo suya la lucha, yendo a la huelga por sus propias reivindicaciones y asumiendo objetivos generales compartidos, tiene que ver con la existencia del Partido Comunista Francés y de la Confederación General de Trabajadores que constituían organismos reconocidos tradicionalmente por el proletariado francés como sus instancias de representación y lucha; así, a pesar de que jugaron un papel de control y traición (como aquí el PCM), a nivel objetivo dichas organizaciones constituyeron instrumentos capaces de aglutinar y movilizar a la clase obrera, a pesar y en contra de la voluntad de sus dirigencias, por lo que en la etapa de mayor auge, quedaron rebasadas por la presión de las bases obreras, las cuales convirtieron dichos organismos en mecanismos para el combate, a partir del empuje desde las fábricas y los barrios obreros, pasando por fuera o por encima de sus instancias y cúpulas burocráticas. Posteriormente, conforme en Francia ascendía el proceso de lucha y eran enfrentados a una situación revolucionaria, estos organismos fueron mostrando sus límites estructurales, dando pie al surgimiento de nuevos órganos (más flexibles, representativos y combativos) adecuados a las necesidades de la lucha, como fueron los comités de acción obrero-estudiantiles que constituyeron organismos de autodeterminación de las masas, gérmenes de un doble poder.

 

Aquel fue un fenómeno inexistente (o apenas germinal) en México, debido, por un lado, al control corporativo ejercido por el Estado sobre las organizaciones de masas y, por otro, debido a las duras derrotas sufridas por el movimiento obrero y popular entre las décadas de los 50’s-60’s, así como a los errores estratégicos cometidos por el PCM -y por el Lombardismo- a lo largo de su trayectoria, los cuales lo habían convertido en una fuerza marginal, sin influencia en el movimiento de masas, (incluso con cierto rechazo entre el estudiantado), propiciando una carencia de referentes políticos independientes reconocidos, lo que se tradujo en un obstáculo infranqueable para la movilización del proletariado mexicano, que reaccionó de manera más retardada, heterogénea y desorganizada, con sólo expresiones dispersas y espontáneas entre algunos grupos de vanguardia y sectores no organizados que comenzaban a solidarizarse y vincularse con el movimiento estudiantil, justo antes de que fuera aplastado militarmente, cuando ya era muy tarde.

 

Solamente así podemos explicarnos, a diferencia de lo que ocurrió en otros países, el cruento desenlace del proceso mexicano en el ‘68 que no contó con el cobijo que pudiera haberle brindado la intervención masiva y organizada de la clase obrera y demás sectores populares, y que no logró generar una situación de inestabilidad política y de ascenso social que pusiera sobre la mesa el problema de la insurrección y el poder, a pesar de lo amplio y combativo del proceso de lucha desplegado por el estudiantado y las masas que participaron en el movimiento.

 

 

 

Un desenlace contradictorio: alcances y límites del proceso

 

 

 

A pesar del trágico desenlace del movimiento, empero, dicho proceso dejó grandes lecciones no solo para luchas estudiantiles posteriores, sino para el conjunto del movimiento popular mexicano, produciendo enormes repercusiones en la vida política del país y abriendo un período de insurgencia obrera, campesinas y popular así como de nuevos actores (movimiento feminista, LGBT, etc.) que emergieron a la escena política de la lucha de clases como consecuencia del ‘68.

 

En primer lugar, provocó la politización de grandes capas de la juventud que participó durante y después del 68, las cuales se incorporaron de manera masiva no sólo a la lucha gremial del estudiantado, sino a la lucha política y social en general, sacando como conclusión la necesidad de sumarse a la organización y movilización de los sectores obreros, campesinos y populares que tuvieron gran auge en los 70´s. Así, jóvenes y estudiantes se constituyeron en actores que pugnaron por la transformación democrática de las universidades (generando experiencias de co-gobierno y autogobierno, así como preparatorias y universidades populares autogestivas) y por un cambio real, incluso revolucionario, del conjunto de la sociedad.

 

En el ámbito meramente educativo tuvo distintas consecuencias. Por un lado, logró que en diversas Universidades del interior se produjera un vuelco ideológico hacia la izquierda (con la elección universal de autoridades, la “marxistización” del currículum y programas radicales de extensión universitaria); incluso, momentáneamente, en la UNAM donde se generó un proceso de democratización, ampliación de la matrícula, profesionalización y mejora de las condiciones del trabajo académico, modificación de los planes de estudio en sentido progresista y la construcción de modelos avanzados de enseñanza como los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH´s) y de las Unidades Multidisciplinarias (ENEP´s). A nivel más general, obligó a que el gobierno implementara una reforma educativa de ampliación del financiamiento estatal a la educación superior, de tolerancia relativa hacia la disidencia universitaria así como de búsqueda de acercamiento y reconciliación entre el Estado y la Universidad con el objetivo de legitimarse entre la clase media urbana y respecto a las universidades que, tras el movimiento del ’68, se convirtieron en centros de oposición al régimen.

 

Además, este gran movimiento tuvo repercusiones nacionales en el ámbito político y social, pues el 68 significó un punto de quiebre para el régimen corporativo-autoritario hegemonizado por el PRI, provocando una ruptura en la legitimidad de la cual gozaban las instituciones, principalmente la investidura presidencial. Con ello, abrió camino para que, en la década de los 70, diversos sectores campesinos, obreros y populares comenzaran a organizarse por fuera del control corporativo de las estructuras clientelares del PRI, dando luchas por democratizar sus organizaciones y por mejorar sus condiciones de vida. Reaparece así una ola de democratización sindical encabezada por la Tendencia Democrática del SUTERM y el SUTIN, la cual culminaría con la aparición del sindicalismo universitario y la conformación de la CNTE, a finales de la década; resurge la lucha campesina, conformando nuevas organizaciones como la CIOAC y la CNPA que dirigirán marchas, protestas y tomas de tierras por todo el país; e, igualmente, como continuación de ese proceso, nacen para la década de los 80´s los primeros movimientos urbano-populares agrupados en coordinadoras nacionales como la CONAMUP que luchará por servicios públicos y vivienda, (estableciendo incluso formas embrionarias de autogobierno) así como frentes popular-sindicales (COSINA), que pugnarán por mejoras en las condiciones de vida de la población así como por mejoras salariales y laborales.

 

Paralelamente, a raíz del 68 se abrieron espacios políticos para los grupos de oposición, muchos de los cuales fueron cooptados directamente por el PRI, mientras otros buscaron la manera de aprovechar la “apertura democrática” ofrecida por el régimen y se convirtieron en partidos de oposición institucionales. Posteriormente, con la reforma política de 1977, este proceso se exacerba, pues gran parte de la izquierda surgida en y después del 68, acepta las reglas del juego institucional. Tanto partidos de izquierda relativamente grandes (PCM, PPS, etc.), como grupos políticos radicales (trotskistas, maoístas, etc.), se abocan entonces hacia formas de participación electoral, sustituyendo en muchas ocasiones sus principios ideológicos y programáticos por formas de organización partidistas centradas en la ocupación de curules parlamentarios; inclusive, organizaciones sindicales y populares combinaron subordinadamente la organización popular y la movilización social en las calles, con la presión hacia el Congreso, como estrategia de exigencia y negociación con el Estado.

 

Sin embargo, para los sectores que se resistieron a “enchufarse” al régimen, el gobierno sólo ofreció la represión más encarnizada; frente a ello, estos grupos radicalizados optaron por la lucha armada. Decenas de estudiantes llenaron entonces los contingentes de la guerrilla urbana (con organizaciones como el MAR, la Liga Comunista 23 de Septiembre y las FARP), que venía a sumarse a la ya existente guerrilla rural (que pervivía en las sierras del país con el PDLP de Lucio Cabañas y la ACNR de Genaro Vázquez), procesos que si bien desenmascararon aún más el carácter represor del régimen, mostraron también, los límites del aventurerismo militarista, el cual fue aniquilado militar y políticamente durante la época negra conocida como la Guerra Sucia.

 

Con lo anterior podemos ver el saldo paradójico que deja el movimiento del 68 pues, a pesar de que fue masacrado, su derrota constituyó una victoria pírrica para el régimen, que se vio obligado a ceder, con el paso de los años, en varias de las demandas del estudiantado (entre ellas la liberación de los presos políticos, ocurrida en 1971, tras una larga huelga de hambre, o, la derogación del artículo 145) así como a reformarse y aperturar el monopolio del poder institucional, resquebrajándose el régimen político emanado de la revolución y abriéndose un nuevo período marcado por la transición democrática que si bien fue producto del empuje del pueblo a lo largo de las décadas de los años 70’s, 80’s y 90’s, asimismo, fue pactada y controlada desde el régimen para que no rebasara los marcos del Estado.

 

Tal vez en 1968 no lograron configurarse las condiciones para una revolución triunfante o tal vez fueron desaprovechadas por sus protagonistas; eso queda para ser estudiado y analizado con mayor profundidad. Solamente planteamos como hipótesis que, a pesar de las particularidades de la situación específica en cada país, la dinámica de los acontecimientos internacionales imprimía un sello revolucionario al conjunto del proceso como una totalidad y, aunque en el curso de la coyuntura, en ningún país se dio la configuración adecuada de fuerzas y factores para propiciar una situación revolucionaria triunfante, no es menos cierto que, objetivamente, las posibilidades de un proceso que trascendiera el orden instituido a nivel nacional, regional y mundial, estaban a la orden del día. Solamente imaginemos qué probabilidades se hubieran abierto si el movimiento francés, (quizá el más avanzado de todos) hubiera logrado derrocar a De Gaulle entre mayo-junio; ¿cómo hubiera impactado ello en Europa y la URSS e, incluso, en EUA y, a través de ello, en México, en Latinoamérica y en todo el mundo? Pero las condiciones subjetivas, en términos de que no se logró constituir un sujeto histórico revolucionario a lo largo del proceso, capaz de conducirlo correctamente hasta sus últimas consecuencias, impidieron que se materializara el curso que tendencialmente iban adquiriendo los acontecimientos.

 

En el caso de México, aun cuando no hubiera sido posible el derrocamiento del agónico régimen posrevolucionario, no obstante, el movimiento del 68 podría haber fungido como un primer ensayo general que, de haberse logrado constituir una vanguardia organizada consecuentemente revolucionaria, capaz de extraer las lecciones de la derrota y de resistir tanto los rigores de la guerra sucia como las tentaciones de la apertura democrática, pudiese haber utilizado el período post-68 para reorganizarse y acumular fuerzas suficientes para ser capaz de orientar, en un sentido revolucionario, coyunturas trascendentes en la lucha de clases de nuestra historia como las ocurridas en 1988, en 1994, en 2000 y 2006, y otras más recientes, que, al no existir un referentes político revolucionario, fueron contenidas y capitalizadas por fuerzas de oposición reformistas (o, incluso, de derecha); pero que bien podrían haberse desarrollado hasta niveles mayores de agudización de una crisis revolucionaria que, objetivamente -con dolorosos altibajos pero irrefrenable-, se encuentra en gestación en México desde 1968, pero sin una vanguardia capaz de hacerla realidad.

 

Permanece entonces, como un gran déficit aún por superar, la construcción de un Partido Revolucionario que aglutine a los elementos más avanzados de los diferentes sectores obrero, campesino, estudiantil y popular en torno a un programa y una estrategia que recoja las reivindicaciones históricas así como las lecciones de los procesos más importantes en la tradición de lucha del pueblo mexicano, capaz de estructurarse orgánicamente entre las masas y ponerse al frente del proceso revolucionario en México. Sin duda, el movimiento de 1968, constituye un acontecimiento fundacional de una nueva época nacional que, a pesar de sus desaciertos y limitaciones, dejó un legado fundamental para la experiencia de lucha revolucionaria del pueblo mexicano. Hoy, a 50 años de distancia, es necesario reivindicar la memoria histórica de aquel glorioso hito en la lucha de clases en nuestro país.

 

 

 

¡1968 NO SE OLVIDA, ES DE LUCHA COMBATIVA!

 

¡NI PERDÓN NI OLVIDO, CASTIGO A LOS ASESINOS!

 

¡VIVA EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL Y POPULAR DE 1968!

 

¡POR LA UNIDAD DE LA LUCHA ESTUDIANTIL, OBRERA Y POPULAR!

 

¡POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN PARTIDO DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA A NIVEL NACIONAL E INTERNACIONAL!