La cuestión indígena en México y América Latina

Alexis Jovan, Agrupación de Lucha Socialista (Sección mexicana de la CCRI), 26 enero, 2018, https://agrupaciondeluchasocialistablog.wordpress.com

 

 

 

Índice

 

Introducción

 

1.                   Síntesis histórica de América hasta la conquista europea

 

2.                   De la colonización a las gestas independentistas americanas

 

3.                   La situación de los pueblos indios tras la independencia de América

 

4.                   Las revoluciones populares y los modernos Estados nacionales latinoamericanos

 

5.                   Luchas populares y movilización indígena en el período actual

 

6.                   Resumen: el papel de los pueblos indígenas en la historia de América Latina

 

 

 

Introducción

 

 

 

En las últimas décadas, la cuestión indígena ha cobrado gran relevancia a raíz de las grandes movilizaciones sociales y políticas que han encabezado los pueblos originarios del continente ya sea resistiendo al despojo de sus territorios y recursos, enalteciendo sus costumbres y tradiciones culturales, defendiendo sus formas de organización social y política o como parte de procesos más amplios de lucha emancipatoria contra las consecuencias más perversas del modelo de Globalización neoliberal que han venido implementando los Estados nacionales –bajo los dictados de los organismos y corporaciones trasnacionales- en los distintos países de Latinoamérica.

 

Sin embargo, este reflorecimiento no nos debe hacer olvidar que los pueblos indígenas han venido encarando, bajo las más variadas formas, la dominación que diversas élites y clases hegemónicas han ejercido sobre la región latinoamericana en esta larga noche de más de 500 años. El motivo de este trabajo es poder reconstruir la evolución histórica de los pueblos indígenas[1] en cuanto a su situación social, los mecanismos de opresión y explotación a que han sido sometidos y las formas de organización y movilización con que han resistido, con el fin de sacar lecciones derivadas de la experiencia de lucha de los pueblos indígenas y extraer algunos ejes estratégico-programáticos para afrontar las tareas de la Revolución Latinoamericana en la época actual.

 

 

 

1. Síntesis histórica de América hasta la conquista europea

 

 

 

Culturas prehispánicas: sociedades en transición del tribalismo a imperios despóticos

 

Sabido es que antes de la llegada de los europeos al continente americano existían diversas culturas nativas, con distintos niveles de desarrollo y variadas formas de organización social, política y económica. Tras ser poblada por el ser humano, en América existieron grupos nómadas de cazadores-recolectores que vivían en cuevas y se apropiaban directamente de los frutos de la naturaleza fabricando herramientas rudimentarias. Posteriormente, se comenzó la domesticación no solo de animales sino también de plantas, con la selección y cultivo de semillas que dio lugar al descubrimiento de la agricultura. Con base en ello, los grupos humanos dejan la vida nómada, las familias se agrupan en tribus (comunidades agrarias de auto subsistencia que trabajan en común la tierra) y se conforman los primeros asentamientos cercanos a las zonas agrícolas.

 

Lo anterior permitió que los grupos ahora sedentarios establecieran aldeas que se constituyeron en centros regionales; sin embargo, conforme se fueron desarrollando, estas sociedades pasan del aislamiento y el igualitarismo de las tribus al entrelazamiento por vía del intercambio comercial o invasión militar, sentando las bases para el surgimiento de imponentes civilizaciones agrícolas basadas en la posesión y explotación colectivas de la tierra (con una incipiente división del trabajo y especialización artesanal así como un intercambio mercantil simple), estructuras políticas teocráticas (señoríos a cuya cabeza se colocaba una capa sacerdotal-militar) y manifestaciones culturales que combinaban saberes ancestrales (astrológicos, medicinales, matemáticos), adelantos técnicos (artesanales, arquitectónicos, metalúrgicos) y destrezas artísticas (cerámica, escultura, orfebrería, pintura, escritura) con el culto a infinidad de dioses (politeísmo) que representaban a las fuerzas de la naturaleza y a la tierra (pacha mama).

 

Conforme se suceden períodos de apogeo y decadencia de diversas culturas, algunas desaparecen por diversas causas (sequías, hambrunas, enfermedades, cambios climáticos, etc.) y otras emergen, desplazándose geográficamente los polos regionales de poder y comercio, conformándose vastos centros urbanos donde se establecen mercados y se edifican sedes ceremoniales, estructuras habitacionales, construcciones de riego e infraestructura civil, sostenidos por comunidades agrícolas (calpullis en Mesoamérica y ayllus en la región andina) basadas en el trabajo y  la posesión común de la tierra (incluyendo aguas, pastos y bosques), dividida en lotes familiares intransferibles que usufructúan individualmente las cosechas. Al crecer, estas civilizaciones se estratifican internamente, originándose ciudades que transitan hacia la formación de Estados gobernados por élites basadas en el linaje que monopolizan paulatinamente el gobierno, las armas y las tierras; se desarrollan sistemas burocráticos que cobran tributos y gestionan grandes obras públicas (mecanismos con los cuales se extrae trabajo excedente a las capas inferiores), y surgen grandes Ejércitos dedicados ya no solo a proteger los confines del territorio propio sino a expandirlo, generando alianzas o sometiendo a otros pueblos.

 

Es así como, justo en el período anterior al arribo de los europeos, en América sobreviene una época de rivalidades inter-étnicas, de invasiones y conflictos bélicos que da como resultado la constitución de imperios que ocupaban enormes extensiones geográficas, cuyos mayores ejemplos son los mexicas en Mesoamérica, los mayas en Centroamérica y los incas en los Andes. Sin embargo, un fenómeno característico es que, a pesar de que los imperios del último período prehispánico mantenían sojuzgados a otras culturas, obligándoles a comerciar bajo tratos desiguales y a pagar tributo tanto en especie como en servicios, no mantenían a esos pueblos bajo ocupación militar ni les imponían su idioma, cultura ni su estructura político-económica; simplemente los convertían en vasallos tributarios del reino, pero conservaban gran libertad así como sus instituciones y tradiciones.

 

Otro hecho característico es que existía una gran heterogeneidad entre las culturas, pues mientras por un lado estaban los grandes imperios con un mayor desarrollo, que rivalizaban y se aliaban entre sí, repartiéndose dominios de tributación y avasallamiento militar; por otro lado, estaban los pueblos sometidos a la hegemonía de dichos imperios, interrelacionados a nivel comercial, político y cultural de diversas maneras y, finalmente, se encontraban las tribus nómadas o aposentadas en zonas agrestes y remotas que, por su bajo desarrollo económico, no podían ser sometidos a tributación y, por su lejanía respecto a los imperios, se hallaban fuera de su dominio e influencia.

 

Ello influyó grandemente sobre la manera en que se desarrolló la conquista por los europeos pues, la complejidad del contexto amerindio les permitió explotar las contradicciones entre las diversas culturas, encontrando poca resistencia e, inclusive, aliados entre los pueblos sojuzgados, sin los cuales quizá su aventura militar hubiera fracasado o se hubiera topado con una relación de fuerzas distinta que hubiera determinado su dominación bajo condiciones diferentes para las culturas conquistadas. Por otro lado, la heterogeneidad social y vastedad geográfica del continente americano impuso ciertos límites a las pretensiones de los colonizadores europeos por invadir y expoliar a los pueblos nativos de América.

 

La incompleta conquista de los pueblos indoamericanos

 

Transcurrió un cuarto de siglo desde el año en que los exploradores europeos descubrieron la existencia del “Nuevo mundo” y ocuparon las islas del Caribe hasta la organización de las primeras expediciones para explorar el interior del continente; durante ese tiempo fundaron villas, desarrollaron un incipiente comercio de navegación con las metrópolis europeas y se prepararon para entablar las primeras batallas, convirtiendo en vasallos y aliados a los pequeños pueblos que iban conquistando pues sabían que para lograr someter a los grandes imperios requerirían de más fuerza que con la que contaban los grupos expedicionarios que no rebasaban algunos cientos de mercenarios aventureros.

 

Es un mito alardeado por los conquistadores la interpretación que explica la victoria de los europeos como consecuencia inevitable de una supuesta superioridad cultural, económica, tecnológica y militar; por el contrario, el desenlace del choque con las culturas amerindias fue resultado de una combinación de factores en la que jugaron un papel determinante las disputas interétnicas y los conflictos al interior de los imperios generando una situación de decadencia y crisis política que, aunado a las supersticiones y al colaboracionismo de la nobleza autóctona, provocaron el derrumbe y sometimiento de nuestras civilizaciones.

 

No debe creerse que la Conquista fue algo fácil para los europeos; por el contrario, si las principales ciudades de los imperios azteca (Teotihuacán) e inca (Cuzco) cayeron en unos cuantos años, los pueblos que habitaban las comunidades aledañas emprendieron una gran resistencia a pesar e, incluso, en contra de su élite autóctona, levantándose masivamente e infringiendo grandes derrotas al enemigo invasor a través de sangrientas batallas, ataques sorpresa y sitios militares. Sin embargo, era una lucha que estaba destinada a sucumbir no solo por la diferencia de armamento y tácticas de guerra (a las que no estaban acostumbrados los indígenas en sus confrontaciones bélicas) sino, sobre todo, por la crisis de dirección político-ideológica y militar generada por el colaboracionismo de sus líderes y al aislamiento en el que se encontraban los imperios debido al descontento que había generado su dominación basada en el despotismo tributario que ejercían sobre otros pueblos.

 

Si la caída de los imperios centrales se vio facilitada por la alianza que los europeos establecieron con los pueblos que se hallaban dominados con anterioridad a la Conquista, en contraparte, la consolidación de la conquista y posterior colonización del resto del territorio tardó décadas e, incluso, hubo zonas que nunca lograron ser controladas ya sea por la dificultad de ingresar a los parajes escondidos entre las espesas selvas o en los extremos norte y sur del continente, o, debido a que las tribus nómadas situadas en Aridoamérica y otras culturas que permanecieron independientes, impulsaron una fiera resistencia que tardó siglos en ser apagada, pues era una lucha que no ofrecía blanco fijo sino que se replegaba o desplazaba ante la envestida militar de los conquistadores, permanecía latente bajo formas pasivas como la huelga o el suicidio colectivo, asumía un carácter errático con el bandidaje y las guerrillas que hostigaban continuamente los asentamientos coloniales, y resurgía periódicamente en diversas manifestaciones desde el motín hasta la rebelión abierta, obligando a los colonizadores a negociar con esos pueblos o a desistir por los elevados costes que implicaban las campañas de pacificación.

 

 

 

2. De la colonización a las gestas independentistas americanas

 

 

 

Explotación colonial, opresión racial y conversión espiritual de la población indígena

 

Al llegar a América, los europeos impusieron una nueva dinámica pues, si bien conservaron y refuncionalizaron en beneficio de la explotación colonial algunas formas de organización económica y política de las sociedades indígenas, por otro lado, introdujeron elementos ideológicos e institucionales que trajeron consigo de Europa. Ello puso en marcha un proceso contradictorio tanto por el hecho de que las sociedades europeas se hallaban en un período transicional entre la disolución del feudalismo y el surgimiento del capitalismo mercantil, como por el sincretismo sociocultural que derivó al mezclarse ambas civilizaciones pero, sobre todo, por la heterogeneidad de condiciones climatológicas, demográficas y socioeconómicas existentes, que impusieron formas diversificadas y combinadas de explotación colonial.

 

Mientras en regiones densamente pobladas, climáticamente propicias para la producción agrícola y donde preexistían grandes imperios indígenas (Mesoamérica, Centroamérica y región andina) se estructuró un sistema económico cimentado en la explotación del trabajo indígena, vía la tributación (en especie, dinero o trabajo) o la prestación de servicios forzosos (mitas mineras, obrajes manufactureros, etc.); por otro lado, en regiones que presentaban condiciones diferentes, se exterminó a la mayoría de la población indígena y se conformaron sistemas productivos basados en el tráfico colonial de esclavos traídos de África (como en El Caribe, Brasil y las costas de Venezuela, Perú, etc.) así como en el establecimiento de colonias autónomas de pequeños productores (como en los territorios norteamericanos donde los anglosajones hacinaron en reservaciones a las etnias sobrevivientes).

 

La colonización de América representó un suceso de alcance mundial, pues catapultó la conformación del sistema capitalista que surgía en Europa para, de ahí, propagarse paulatinamente hacia las zonas colonizadas por las metrópolis europeas y, posteriormente, al resto del planeta. Igualmente, implicó la integración -tardía y subordinada- del continente en el mercado mundial bajo los términos impuestos por la división internacional del trabajo entre las colonias, las metrópolis y el resto del mundo. Sin embargo, ello no implica que por aquella época se hubiesen desarrollado relaciones económicas capitalistas como el modo de producción prevaleciente en la América colonizada, sino al contrario, los enclaves económicos de base capitalista (en la minería y los obrajes) constituían islotes en el mar de producción agrícola donde predominaban formas pre-capitalistas que mesclaban rasgos prehispánicos, semi-feudales y semi-esclavistas; empero, todas ellas se hallaban articuladas subordinadamente como un todo bajo la dinámica de expoliación colonial del Capitalismo mercantil que fue impuesta desde Europa.

 

Todo ello configuró un escenario económico-social bastante complejo en el que se yuxtapusieron, articularon y sucedieron gran variedad de instituciones como la encomienda, los repartimientos, las plantaciones, entre otras, con especificidades en cada región; no obstante, se pueden observar formas generales en la región. La explotación colonial de América bajo el dominio del capital comercial europeo se hizo a través de tres mecanismos principales de apropiación del excedente producido: a) por vía fiscal, mediante un sistema impositivo basado en el tributo de los pueblos indios como vasallos de la Corona; b) por vía del monopolio que ejercían los productores y comerciantes europeos con respecto a los habitantes americanos; c) por vía del aparato eclesiástico, mediante la recaudación de gabelas y la explotación de reducciones indígenas por las diversas órdenes religiosas que se instalaron en el continente.

 

Particularmente, las instancias a través de las cuales se llevó a cabo la explotación económica de los indígenas fueron los repartimientos o encomiendas y las mitas. Los repartimientos fueron zonas en las cuales se concentró a la población indígena con el fin de controlarla y explotarla más eficaz y eficientemente por los primeros colonizadores europeos –civiles y eclesiales- que arribaron a la región, a los cuales la Corona les encomendaba dichos pueblos para tres tareas principales: cobrar los impuestos del tributo real, velar por el orden y respeto de las leyes dentro de su demarcación y catequizar a los indígenas. Las mitas eran instituciones prehispánicas que fueron retomadas por los europeos para la explotación colonial; de faenas de labor comunitaria fueron convertidas en diversas formas de trabajo forzado que debían realizar las familias indígenas en las minas, los obrajes y demás actividades productivas situadas en las haciendas de los colonizadores.

 

Como una manera de frenar el poder de los encomenderos y hacerse de legitimidad por sobre las autoridades locales así como de conservar a las comunidades indias -que servían como fuentes de mano de obra y de insumos baratos para la producción manufacturera de las haciendas españolas- desde la metrópoli se dispusieron diversas leyes de protección hacia los pueblos indígenas (como las Ordenanzas de Indias), con lo cual las comunidades conservaron representación jurídica y gozaron de ciertos “privilegios” (como el no ser despojadas de sus tierras, no sufrir abusos ni vejaciones, vivir apartados de los colonizadores, no pagar tributaciones excesivas, etc.) a cambio de permanecer sujetas a una condición tutelar respecto a la Corona. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de ciertos clérigos humanistas que tomaron como bandera la protección y el desarrollo de los pueblos indígenas, los encomenderos, corregidores y demás sectores del clero y de la burocracia virreinal evadían dichas disposiciones y sometían a la población autóctona a diversas formas de explotación y segregación.

 

En cuanto a las formas de opresión que ejercieron los colonizadores sobre los pueblos indígenas, una de sus más nítidas expresiones fue la llamada “conquista espiritual” que significó la masiva conversión religiosa de los pueblos nativos mediante las más crueles formas de violencia física que dictaminaron obispos y efectuaron los verdugos de la Santa Inquisición –la cual cobró en América niveles más sádicos y estrictos que en Europa-; así como a través de la destrucción de edificaciones, estatuas y centros ceremoniales, encima de las cuales obligaron a los mismos indígenas a construir nuevos templos religiosos. Ello se vio acompañado por el asesinato de los miembros de la antigua capa sacerdotal así como por la quema de inscripciones y demás objetos que resguardaban el conocimiento ancestral, la tradición oral y la historia escrita de las culturas precolombinas.

 

Finalmente, durante la Colonia se ejercía una terrible discriminación racial que se combinaba con diversas formas de exclusión social y opresión política sobre los pueblos indígenas. Además de la segregación geográfica y social a que eran sometidas, sobre las comunidades pesaban distintas formas de discriminación y exclusión; además de los colonizadores, únicamente a los miembros de la antigua nobleza autóctona les era permitido poseer tierras –y hasta usar mano de obra indígena- y solamente a sus hijos les era permitido ingresar a las instituciones educativas superiores, mientras la mayoría de la población carecía de toda posesión y enseñanza o tuvo acceso solo a la instrucción básica que daban las órdenes religiosas.

 

Por otro lado, los indígenas estaban completamente excluidos de ocupar cualquier cargo dentro de la burocracia virreinal y, si bien las leyes permitían que los pueblos preservaran sus formas de gobierno y eligieran sus propias autoridades locales, en los hechos, los encomenderos, regidores y otras figuras del entramado político-institucional colonial eliminaron o integraron a la antigua nobleza autóctona y desplazaron paulatinamente a las estructuras de gobierno y autoridad de los pueblos indígenas, sustituyéndolas por cacicazgos políticos que ejercían un férreo control sobre las comunidades a través de la violencia. De ahí que la construcción de gobiernos autónomos fuese un eje central en la lucha de los pueblos indios.

 

Todo lo anterior, provocó que la población indígena quedara dramáticamente diezmada pues, de los 50 millones de indígenas que se calcula habitaban América antes de la llegada de los conquistadores, en los tres siglos que duró la Colonia se vio reducida a menos de la décima parte –no logrando recuperar su magnitud hasta siglos después-, tanto por las sangrientas batallas militares como por las enfermedades pandémicas transmitidas por los europeos y, sobre todo, por las indignas vejaciones, fatigosas jornadas de trabajo y miserables condiciones de vida a que fueron reducidos los pueblos indios.

 

De la resistencia anticolonial a la insurgencia independentista

 

Esta situación de sojuzgamiento, explotación y desigualdad que en varias ocasiones adoptó la forma de un claro exterminio físico y cultural de los pueblos indígenas, provocó una tenaz resistencia que se prolongó por siglos a lo largo del continente e, inclusive, varias rebeliones indias prefiguraron antecedentes de las luchas independentistas que pondrían fin a la Colonia, mas no así al coloniaje de las potencias europeas el cual adoptó nuevos mecanismos para continuar expoliando a los pueblos y recursos naturales del territorio americano.

 

Tras controlar paulatinamente la resistencia indígena contra la invasión militar de los conquistadores europeos, a lo largo del siglo XVI se logró apaciguar una gran parte del territorio, recurriendo a concesiones y tratados de paz con varios pueblos en rebelión, cuando no se lograba hacerlo por la vía militar. Asimismo, la Corona estableció una relación paternalista con las comunidades indígenas en su lucha por apropiarse de una mayor parte del tributo y como una manera de librarse de la sangría a las arcas reales que ocasionaba la codicia de los encomenderos, con lo que se fomentó un cierto respeto a las comunidades indígenas, propiciando que durante ese período las comunidades se apegaran a las normas legales como una manera de salvaguardar sus derechos y apelaran a la autoridad de la Corona para reivindicar la protección ofrecida por los “déspotas ilustrados” que reinaban en las Metrópolis.

 

Por otro lado, el crecimiento de la población inmigrante hacia América, tanto de europeos como de esclavos africanos, generó nuevas contradicciones que provocaron cambios significativos en la estructura socio-económica del continente, produciendo el surgimiento de nuevos tipos de conflicto. De una parte, el aumento de la población negra así como los tratos degradantes a que era sometida propiciaron gran cantidad de alzamientos de esclavos que huían de sus dueños, se escondían en las sierras y formaban grupos de bandidos que merodeaban los caminos o establecían aldeas libres que defendían con las armas en la mano; asimismo, negros y mulatos protagonizaron diversas protestas en contra de las leyes restrictivas que se aplicaban en su contra, constituyendo el germen de un movimiento continental contra la esclavitud, cuya mayor expresión fue la insubordinación de esclavos dirigida por José Leonardo Chirinos en Venezuela, siguiendo el ejemplo de la revuelta antiesclavista y anticolonialista desatada en Haití en la última década del   siglo XVIII.

 

De otra parte, la lucha indígena desplazaba su centro de gravedad de la resistencia armada contra la conquista a las variadas formas de insumisión contra la opresión que se ejercía sobre sus pueblos. Desde finales del siglo XVI hasta inicios del siglo XVIII se sucedieron multiplicidad de desórdenes y alzamientos contra los malos tratos, las injusticias, las humillaciones, los despojos y la violencia ejercida no solo por la burocracia colonial sino, también, por la población criolla, mestiza y sectores de la nobleza autóctona integrados a la estructura colonial, pues los indígenas constituían la capa más baja dentro del sistema de castas existente en la sociedad colonial, solo por encima de los esclavos negros y mulatos quienes -no obstante su indefensión jurídica- como esclavos tenían asegurada una subsistencia material mínima, al contrario de amplios sectores indígenas que debido al despojo y marginación, rondaban en la miseria y el vagabundaje.

 

Toda esta serie de conflictos protagonizados por los pueblos indígenas, a pesar de las expresiones de gran violencia que llegaron a presentarse, nunca pusieron en tela de juicio los principios básicos sobre los que descansaba el orden colonial: el respeto al Rey y a la fe católica; además, mantuvieron un carácter localista con demandas reivindicativas inmediatas y, en ocasiones, fue utilizado el descontento indígena para apuntalar intereses particulares en las pugnas existentes entre diversas facciones o figuras dentro de la burocracia virreinal, del clero o de sectores criollos y mestizos disidentes del control que ejercía la metrópoli sobre los negocios y la vida pública en América. Ejemplos ilustrativos a este respecto fueron la rebelión en la capital de Nueva España que provocó la caída del virrey Diego Carrillo de Mendoza en 1623, la cual estuvo dirigida por el arzobispo Juan Díaz de la Serna; las revueltas emprendidas por diferentes grupos étnicos del obispado de Oaxaca contra los excesivos tributos y demás exacciones impuestas por los alcaldes, entre 1660 y 1680; los tumultos indígenas de 1692 en el centro de Nueva España contra el acaparamiento comercial, la carestía de productos y el empeoramiento de las condiciones de vida de las comunidades, entre otros.

 

Ello cambió desde mediados del siglo XVIII conforme se fue recomponiendo la población indígena y se fueron dando cuenta que las leyes que los “protegían” no impedían los maltratos y el despojo por parte de las autoridades y capas privilegiadas de la sociedad. Los indígenas comienzan a adquirir una mayor conciencia de su situación, forjando una identidad étnica de oposición a la opresión colonial, reforzando su capacidad organizativa y consolidando sus propios liderazgos. Fue así como se desataron rebeliones indígenas que defendieron los derechos de sus pueblos y, al extenderse y profundizarse las revueltas, obligaron a diversos caciques indígenas a colocarse a la cabeza de abiertas rebeliones que pusieron en tela de juicio los puntos medulares de la dominación colonial. Entre los casos más representativos estuvieron las revueltas mayas iniciadas en 1761 dirigidas por la familia Canek en Yucatán; las sublevaciones aymaras y quichwas lideradas por las familias Tupac Katari y Túpac Amaru a lo largo y ancho de la región andina, iniciadas entre 1781 y 1782.

 

A pesar de que cada uno de estos procesos tuvo características singulares, es posible encontrar fuertes conexiones que los vinculan indirectamente entre sí y con el contexto histórico de la época. Un punto de comparación es que estas movilizaciones se emprendieron bajo liderazgos y banderas propias de los pueblos indígenas, además de que lograron elaborar un marco ideológico con rasgos comunes como la reivindicación de sus derechos ancestrales; la autodeterminación y conformación de gobiernos con autoridades autónomas; el rescate de su religión y costumbres antiguas; la expulsión de los europeos invasores y el desconocimiento de las autoridades coloniales usurpadoras; la coronación como soberanos de descendientes del linaje señorial de los antiguos emperadores precolombinos. Igualmente, se caracterizaron por estrategias muy parecidas que fueron desde la defensa legal contra las excesivas cargas tributarias, el despojo de tierras, los maltratos y vejaciones hasta el levantamiento en masa de los pueblos indios con la conformación de grandes ejércitos que llegaron a sitiar ciudades coloniales y a destruir haciendas, minas y villas.

 

Otro rasgo común es que estas grandes gestas fueron solo la culminación de todo un proceso de convulsiones y conflictos que se venían desarrollando a lo largo del siglo XVIII y que explotaron al sobrevenir un estancamiento económico general el cual provocó una crisis hegemónica del orden colonial que obligó a las metrópolis a impulsar reformas económico-administrativas que causaron un gran descontento entre las diversas capas poblacionales del continente. Así, se entiende que las rebeliones dirigidas por caudillos indígenas lograran la articulación entre pueblos de diversas etnias así como de otras castas oprimidas y que concitaran la simpatía (por lo menos en sus momentos iniciales) de sectores mestizos y criollos disidentes a la dominación de las metrópolis, quienes buscaron aprovechar el descontento indígena para capitalizarlo a sus propios fines; empero, se toparon con movimientos de gran envergadura en el curso de los cuales los pueblos indígenas lograron constituirse como sujetos políticos independientes con un horizonte utópico de emancipación construido desde sus demandas históricas y cosmovisiones propias.

 

Estos procesos de lucha presentaron diversos grados de radicalidad según la composición social y posición de cada sector que intervino. Los criollos y mestizos que pretendieron aprovechar oportunistamente dichas movilizaciones, se escindieron al darse cuenta que traspasaban la lucha general contra las Metrópolis y apuntaban contra todas las formas de explotación y opresión del sistema colonial, incluidos sus privilegios; por su parte, los caudillos dirigentes de los alzamientos indígenas usualmente buscaron contemporizar con los criollos para no quedar aislados frente a las huestes armadas del imperio así como pactar concesiones con la realeza, pero se vieron obligados a continuar y profundizar el movimiento (llegando a asesinar autoridades coloniales, quemar edificios públicos y templos religiosos e, incluso, constituir organismos de poder autónomo en las “zonas liberadas” –donde abolían la esclavitud y las exacciones, repartían tierras y elegían autoridades propias-) por la presión que desde la base ejercieron los indígenas desposeídos (forasteros o vagabundos) así como los mestizos pobres y las castas esclavas de negros y mulatos que también se unieron a las rebeliones, constituyendo el elemento más dinámico y decidido de las movilizaciones, prosiguiendo la lucha aún después de que habían sido derrotados, encarcelados y descuartizados los caudillos que habían dirigido inicialmente el movimiento.

 

Finalmente, cabe mencionar el papel destacado que jugaron las mujeres dentro de las revueltas tanto en los cuerpos armados, la ocupación de tierras y gestión de zonas liberadas como en la dirección político-militar de las movilizaciones, con líderes tan conocidas como Micaela Bastidas y Gregoria Apasa (esposa y hermana de Túpac Amaru), Bartolina Sisa (esposa de Túpac Katari) y Manuela Beltrán (iniciadora de la rebelión de los comuneros de Nuevo Socorro, en 1781). Ellas no fueron simples acompañantes de sus maridos, sino que asumieron puestos de mando militar y gubernamental, además de que llegaron a defender posturas más intransigentes que las de sus parejas u otros líderes varones; esto, como expresión de la gran radicalidad con que participaron las mujeres dentro de estos procesos, ya que ellas habían sido el sector más vejado por la cultura patriarcal impuesta por la colonización europea, siendo víctimas de la explotación sexual (como botín de guerra para los soldados en los repartimientos de mujeres) así como de los castigos y asesinatos más inhumanos al ser acusadas de “hechicería” por la Inquisición.

 

Si en un primer momento, los procesos de movilización de las etnias y castas oprimidas tuvieron un carácter local, espontáneo y descoordinado que obstaculizó una mayor amplitud de su movimiento así como su amalgamiento con otras luchas (sobre todo porque eran utilizados contingentes reclutados de entre distintas castas para apaciguar rebeliones de otros grupos oprimidos); posteriormente, conforme fueron adquiriendo experiencia, dejaron de sujetarse política e ideológicamente a dirigentes de capas sociales ajenas y pasaron a reconocer sus propios intereses para llevar a cabo una lucha independiente y a tomar conciencia de su situación que los entrelazaba con los demás sectores explotados de la sociedad, lo que los llevó a desempeñar un papel de primer orden en los levantamientos que con frecuencia ocurrieron en diversas regiones del continente, conspirando en conjunto con otros grupos sociales que expresaban un creciente descontento contra el sistema colonial, lo cual se vio expresado posteriormente en su participación masiva dentro de los procesos de independencia.

 

Así, en las gestas independentistas confluyó una gran diversidad de sectores, cada uno con sus propios intereses. Desde los grupos mineros y agrícolas de la aristocracia criolla que disputaban un lugar en los puestos públicos así como una mejor posición comercial frente al monopolio real –no así los altos mandos burocráticos, eclesiales y militares, que se opusieron a toda subversión del orden colonial-; también, los curas del bajo clero secular que llevaban años cuestionando las prácticas y actitudes del alto clero, asumiendo convicciones cada vez más abiertamente anti-monárquicas al absorber las ideas ilustradas y revolucionarias provenientes de Europa; igualmente, estaba la intelectualidad y las capas empobrecidas de la población mestiza, con aspiraciones de ascenso social y político, que se veían truncas por la rigidez de las instituciones coloniales. Sin embargo, si bien es sabido que la población indígena –junto con las castas oprimidas- conformó mayoritariamente la gran base social que alimentó las filas de los Ejércitos que se disputaron el continente durante las guerras de independencia en América, constituyendo el motor propulsor dentro de las gestas anti-coloniales, también es cierto que estos sectores no jugaron de un solo lado sino que en muchos casos se dividieron entre los bandos realistas e independentistas. Pero, ¿cómo es que estos sectores explotados y oprimidos tanto por europeos como por la aristocracia criolla decidieron sumarse en estos procesos?

 

Primeramente, es necesario ver que este acercamiento de las etnias y castas sojuzgadas con los sectores mestizos y criollos ya había tenido lugar en anteriores procesos de movilización liderados por indígenas que, al ser derrotados y descabezados, generaron un vacío de liderazgo político-ideológico que permitió el posicionamiento de caudillos provenientes de otros sectores; de igual forma, el continuo despojo y desplazamiento al que habían sido sometidas las comunidades promovió la existencia de una gran cantidad de población indígena errante que encontró en su enrolamiento a los ejércitos de las distintas facciones la manera de hacerse de un sostén económico. Finalmente, es necesario advertir que los indígenas y las castas no lucharon bajo los ideales abstractos de justicia, igualdad y progreso que animaron a la intelectualidad criolla y mestiza pro-independentista sino que, aquellos sectores impulsaron sus propias reivindicaciones, por lo que buscaron aliarse con el bando que les diera ciertas concesiones, les garantizara cierta seguridad ante la violencia desatada o les prometiera el cumplimiento de sus demandas históricas. Fue como se sumaron contingentes de esclavos a los que se les prometió obtener su libertad, indígenas que buscaron recobrar sus territorios arrebatados, y mestizos o pardos con aspiraciones de ascenso social por la vía de hacer una carrera política-militar.